Lydia E. Larrey
Hasta este fin de semana se puede visitar en el pabellón italiano de Montjuic (Barcelona) una exposición en la que cincuenta mujeres entre las que hay periodistas, diseñadoras, deportistas y empresarias dan su particular visión de Barbie, un icono entre las muñecas.
Denostada por muchos por encarnar el papel de mujer objeto de medidas imposibles, lo cierto es que probablemente sea una de las primeras muñecas que más se adaptado al cambio de rol que ha sufrido la mujer. Más allá de ser una rubia explosiva de grandes pechos y cintura de avispa, también es una profesional: millones de niñas han soñado con la Barbie dentista, la Barbie astronauta… y ello me recuerda que yo también deseé una con todas mis fuerzas, tantas que ya había pasado mi edad de vestir muñequitas cuando por fin pude cumplir mi sueño ¡y vaya si lo cumplí!
Recién se acabó la ilusión y la magia de los Reyes Magos (mi subconsciente hizo todo lo posible por alargarlo, rozando límites incomprensibles), mi madre –que se había resistido fervientemente a regalarme el icono de Mattel- me acompañó para que escogiera mi regalo de reyes y, sin dudarlo un momento, me fijé en una caja rosa chicle que protegía en su interior una rubia embutida en un vestido de gasa blanca cuajado de corazones rojos carmesí. Sí probablemente la más hortera y merengona que había en toda la tienda, no lo niego.
Hasta ese momento mi cesto de muñecas estaba habitado por Barriguitas de todas las razas y muñecos de Playmobil –nada tiene que ver que tenga familia en Onil, cuna de Famosa-, los cuales recuerdo con gran añoranza, pero en ese momento se abrió todo un mundo para mí. Un mundo secreto, ya que por nada del mundo podía aparecer en el colegio confesando que aún jugaba con muñecas… Más allá de aventuras y desventuras, mi tiempo con el maniquí rubio platino transcurrió entre agujas de coser y telas de lycra de colores flúor, sobrantes de una fábrica de bañadores que le habían regalado a mi tía. Aún recuerdo lo satisfecha que me sentí cuando con una hebilla de reloj le hice un cinturón de raso blanco…
Por ello me extraño cuando oigo a los críticos de la Barbie que arremeten contra ella por esas medidas imposibles que pueden ejercer de mala influencia para las niñas, o por esa apariencia frívola, para mí solo materializada en la Barbie Malibú, la cual, en el fondo, una vez despojada del bañador, las gafas de sol y la guirnalda de flores se queda en pelotas, como todos nosotros, en nuestra mano, la de los niños, está dotarla de todos los atributos, estudios y background para convertirla en una Aisha Miró, una Carme Ruscalleda o una Rosa Tous de éxito.
Generación Barbie. Pabellón Italiano de Montjuic 28 y 29 de noviembre



Se llamaba Tracy y era la barbie en la España de mediados de los 60. No me la quisieron comprar por su aspecto ‘sexual’. A los 8 años jugaba con ella en casa de una vecina, un día me la llevé al colegio, me pillaron y estuve castigada tres días… y mi pobre vecina sin su Tracy. A los 12 me compré una con mis ahorros y, a escondidas, le hice montones de vestiditos y peinados, porque Tracy tenía un botoncito mágico con el que su pelo pasaba del corto a una melena que le llegaba hasta el culo.
No acabo de entender porque se repitió la historia. Quizá la explicación esté en ese rosa chicle que odio y en los terriblemente cursis vestidos de Barbie. Eran los años 80, aquella década de moda hortera que ahora regresa, afortunadamente pasada por un tamiz.
Dos generaciones, dos errores absurdos. Lo siento