Por Miguel Carvalho
La página web del taller de reparación de zapatos de Francesc Hernández es de construcción propia, tiene más de 37.000 visitas y lidera las búsquedas en la red por este negocio en Barcelona. Este zapatero artesano Barcelonés de 45 años, que cumple veinte en este oficio casi excluido por la sociedad de consumo, tiene muchas veces cola en su taller del barrio de Sant Gervasi, en cuyo mostrador destaca un álbum con postales de Sudáfrica o Australia. “Que los clientes se acuerden de su zapatero cuando caminan por el mundo, es motivador”.
¿Le llegan esos zapatos que los clientes no tirarían nunca?
Sí, mira estos por ejemplo, los trajo la mujer de un cliente sin que él lo supiera, mira las suelas… En la página web tengo fotos con el antes y el después de algunos de estos trabajos.
Este tipo de trabajo personalizado no sale barato.
En este caso le costará al cliente unos setenta euros. Claro, a veces me tiro diez o doce horas para los arreglos más laboriosos. Es como el trabajo de un lampista, se cobra por hora, si no, no me sale a cuenta.
¿Tiene aquí calzado muy caro?
Mira, la semana pasada una señora entró aquí y dijo ‘sálvemelos por favor’. Me trajo unos zapatos nuevos de una marca que vale entre 300 y 500 euros. El perro se había comido toda la puntera.
¿El perro suele ser un buen amigo del zapatero?
Como les gusta jugar con los zapatos son muy fieles también como fuente de trabajo para el taller. (risas) Le busqué una horma de madera y se lo pude reconstruir. A este trabajo le llamé ’Lindo perrito’.
¿Alguna otra anécdota?
Un momento… mira estas plantillas completamente destruidas. Me las trajo un cliente que vino en traje y corbata. ¿Cómo es posible? O la chica que llegó con un agujero del tamaño de una moneda de dos euros en las suelas. Estaba en una discoteca, cuando todavía se podía fumar, y se quemó el pie con un cigarrillo en el suelo.
¿Viene gente de lejos?
Sí, de toda Barcelona, de Tarragona, incluso una vez de Andorra.
¿A propósito desde Andorra?
El cliente me dijo que la web le llamó a la atención, que parecía seria, que le gustó toda la información. Primero llamó al taller y después vino.
¿Cómo aprendió a diseñar la web?
Primero hice un curso interactivo por internet y después uno presencial de diseño web. Le dediqué muchas horas a la página por las noches, hasta el punto de enfadar a mi mujer… (risas). La web es mi segunda tienda, abierta las 24 horas. De momento no se vende nada allí pero en el futuro sí.
¿Producirá su propia línea de zapatos?
He comprado esta máquina de Alemania en segunda mano por internet, que aquí no se encuentra o sino es mucho más cara, para crear una línea de sandalias para el próximo verano. Lo quise hacer este año pero necesitaba encontrar alguien que me ayudara en el trabajo y fue muy difícil. No entiendo como hay tanto desempleo.
¿Verdad que la crisis aumentó el número de clientes en los talleres de zapatos?
El año pasado después del verano hubo una psicosis de ‘hay que arreglar para no comprar’, y me trajeron cosas en tan mal estado que no era para tomártelo en serio. A veces pensaba ‘a ver que se sacará este de la bolsa’. (risas)
¿Cuánto tiempo duró la avalancha?
En noviembre tuve que trabajar a puerta cerrada dos semanas para ponerme al día. Pero lo que hice de dinero extra lo perdí porque estanqué, sólo abría un par de horas para entregar, no para recibir trabajo. A partir de enero la avalancha se calmó.
Y ha sido un autodidacta también en el montaje de zapatos?
Aprendí mientras los reparaba, montaba y desmontaba. Errando mucho, a veces sacaba dudas por teléfono con un amigo.
¿Qué fue lo que le movió a emprender este oficio?
Diría que quizás fue un accidente de moto que sufrí cuando era más joven. Tuve que adaptar mi calzado durante ocho años. Hoy eso me ayuda a escuchar las necesidades de la gente que viene al taller.
¿Entra una clientela muy variada aquí?
Sí, aquí hay bastantes despachos de arquitectos y abogados. Y las señoras que trabajan en la limpieza dicen que en mi taller pagan el doble que en su barrio, pero que los arreglos duran bastante más. Eso me gratifica mucho, es lo que me motiva a hacerlo bien.
¿Y hace cuanto tiempo la familia Maragall es su cliente?
Hace unos doce años. Son del barrio. De hecho, cuando Pasqual Maragall fue elegido presidente de la Generalitat de Catalunya pensé que ya no le repararía los zapatos, pero nunca me trajo tantos.
¿Le hace falta tener el lema ‘Se ruega calma para tener buen karma’ colgado en aquella pared?
Un día estaba de muletas en el bus y pensaba en una forma de que los clientes que irrumpen por el taller con mucha prisa entendieran que iba más de espacio. Me salió la frase esa, además me inspiró el hecho de tener una tienda mística aquí al lado. Ahora, algunos clientes dicen que lo pusieron en su despacho.
¿Por eso cierra por las tardes?
Es para poder dedicarme con el tiempo necesario. Cambié el nombre y la filosofía del taller de Ràpid Coher a Artesà Coher hace 8 años.
¿Y la caja sufrió?
Durante los primeros seis meses. En seguida valió la pena. Ofrezco un servicio personalizado y material de calidad, sea para reparar unas suelas o los zapatos de 500 euros. Me involucro en mi trabajo, trabajé muchas veces de lunes a lunes y ahora tengo el negocio consolidado.
¿Cómo le gustaría que evolucionara este trabajo en los próximos años?
Pues, que volviera a las bases. Antes se compraban los zapatos hechos a medida, era todo más personalizado. Me gustaría que allí en la entrada del taller Artesà Coher pudiera subir unos bancos, darle un diario al cliente y que uno de nosotros hiciera de limpiabotas, como se hacía antiguamente.
¿Es un oficio con futuro?
¡Por supuesto! Siempre habrá algo que arreglar porque siempre nos pondremos algo en los pies. Sin embargo, si el calzado nos hace daño, ese día estaremos rabiosos, enfadados, en cambio, bien calzados se nos olvidan muchas cosas.
El vídeo de ‘Lindo perrito’


